domingo, 2 de agosto de 2015

Crítica: obra “Alma”


Ensordecedor silencio


PAULA OLVERA/AURORA SALVO- “Alma” es una obra distinta desde el primer momento en que las actrices inundan el escenario del Teatro del Arte. Se trata de una historia de miedos y superación, los mismos que invitan a los espectadores a reflexionar una vez que abandonan la estancia. ¿Estamos realmente felices con la vida que llevamos? Para muchos la respuesta es negativa, lo que implica indagar en quiénes somos. Esto mismo le pasó a la protagonista, una actriz que en mitad de una función se queda sin habla de forma inexplicable. Se trata de un viaje a través de los más profundos sentimientos, incluso aquellos que se encuentran ocultos y no somos capaces de aceptar. Todo ello mezclado con tintes de danza que contribuyen a seducir a un público que aprende a escuchar lo que se dice sin palabras.



 
Rocío Muñoz-Cobo, Andrea Dueso y Cristina Masson  hacen aparición en escena compenetrándose desde el primer instante. La interpretación de las actrices resulta totalmente creíble y las humaniza en ciertos momentos de la representación. A medida que avanza la historia sus personajes se van haciendo más fuertes, mostrándonos su cara B, esa cara que en el fondo todo el mundo tenemos. Una parte que en ocasiones nosotros mismos desconocemos y que se explota durante la función para demostrar que hay emociones que no se pueden reprimir.

Arturo Turón, el director de esta puesta en escena, plantea una original obra guiada por las rencillas entre los dos personajes principales. El teatro no es el único arte que tiene cabida sobre las tablas ya que éste se acompaña de danza así como de música de fondo, elementos que nos adentran más si cabe en el argumento. Un argumento por otra parte muy interesante pues se trata de la pérdida de seguridad sobre los escenarios de una actriz que un día pierde el habla y es trasladada a una casa de verano para facilitar su recuperación. Se muestra un punto de inflexión en su vida marcado por el miedo al fracaso, por la derrota de las generaciones venideras que pisan fuerte y que pueden, algún día, desbancar ese papel principal. Una crisis de identidad que durante su reclusión le hará replantearse su existencia y los convencionalismos que a veces rodean a la sociedad.

Alma” juega con la luz y los silencios de sus personajes. Lo que no se dice en este caso resulta casi más importante que lo que se cuenta con palabras. Esto provocará que los espectadores permanezcan en un estado de tensión permanente, en alerta de la próxima acción. El momento clímax se percibe desde el primer instante, aunque pareciera que no llegara nunca, finalmente lo hace. En este sentido se trata de una obra lenta, que avanza poco a poco, deteniéndose en detalles que en otras funciones podrían resultar banales e incluso una pérdida de tiempo porque en el teatro, como en la vida, el tiempo es oro. Cada gesto y cada mirada cuentan, aunque no hay planos como en el cine para darles la importancia que merecen. Es evidente que resulta complicado cuidar de forma tan minuciosa los detalles sin que el espectador se impaciente.

La obra también se arriesga con monólogos de temática sexual, un acierto que cada vez se está implantando más sobre las tablas. Son numerosas las obras que juegan con argumentos o títulos que sugieren escenas apasionadas. Una muestra de que se está perdiendo el miedo a tratar estos temas abiertamente en el teatro, en parte gracias a las salas emergentes que se atreven a experimentar. En esta ocasión, una de las protagonistas pierde su pudor para relatar con pelos y señales un acto erótico lésbico que tuvo hace un tiempo y que, sin duda, la ha dejado marcada de por vida. Y es que a veces damos rienda suelta a nuestros sentimientos y exploramos aquellos mundos que en ocasiones pueden llegar a estar prohibidos para muchos, pero que son innegables para uno mismo.

La obra va aumentando en intensidad, aunque es necesario leer entre líneas e ir apreciando los matices que van exponiendo los personajes para comprender un texto y una escena que puede resultar difícil. No se tratan temas superficiales y la profundidad de éstos hace que el alma se tenga que desnudar para empatizar con los personajes, aunque la parte racional también forma una pieza importante. Ésta choca con la locura en la que parece que estén sumidas las protagonistas.

No existe una interacción clara entre el público y las actrices. En ciertos momentos, se podría decir que casi caen en la tentación de derribar la cuarta pared e interpelar a los espectadores para contarles sus frustraciones, sus problemas y sus miedos. Sin embargo, es una ilusión, nunca se rompe esa barrera imaginaria y todos se encuentran en el puesto esperado.

El silencio en el que se sumerge una de las protagonistas durante toda la representación es un grito de auxilio por ser escuchada, por ser comprendida tras una vida que no le ha dado lo que esperaba o que quizás sí que se lo dio, pero se lo arrebató. Una llamada sorda que queda reflejada en las pantallas que se pueden apreciar en la sala. Las imágenes son el otro yo de las protagonistas, el que no esconden al mundo por temor.
 
La obra “Alma” roza el intimismo y sumerge al espectador en un mundo que roza la enajenación que va de la mano de la que, poco a poco, van adquiriendo las protagonistas. La misma que viene fomentada por la insatisfacción y por la falta de deseos cumplidos por los distintos impedimentos vitales y sociales. Esta representación es propicia para un público al que le gusten los detalles y encontrar el doble sentido a las acciones. Un drama que hace replantearse distintos aspectos y que da que pensar.

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