jueves, 27 de septiembre de 2018

Crítica: obra “Ni con tres vidas que tuviera”

Si no te perdonas a ti mismo no puedes vivir


PAULA OLVERA-La obra “Ni con tres vidas que tuviera” ha regresado a Madrid. La función escrita por José Pascual Abellán, y dirigida por Zara Sobral, se puede disfrutar hasta el próximo 14 de octubre en la Sala Intemperie: los viernes y sábados a las 20:30 horas y los domingos a las 19:30 horas. Jorge Cabrera, Lucía Esteso y Nacho Hevia son los intérpretes protagonistas de esta historia basada en el testimonio de Iñaki Rekarte, un exterrorista arrepentido, que se hizo viral en el programa “Salvados” de Jordi Évole en laSexta. La obra narra el sufrimiento de la hija de dos de las víctimas, que se quedó huérfana en plena infancia, y que todavía hoy no comprende cómo se ha podido dar cobertura mediática a la persona que ha sembrado el dolor en su vida, planteándose el conflicto de pasar página u olvidar.

En la madrileña calle Velarde número 15 se representa una de las obras más interesantes de la nueva temporada teatral. Se trata de “Ni con tres vidas que tuviera” que nos presenta la historia real de un exterrorista que cometió varios crímenes y pagó por ellos en la cárcel. Sin embargo, ahora se enfrenta a la prueba más complicada: mirarse cara a cara con la realidad.



El guion de “Ni con tres vidas que tuviera” está inspirado en la entrevista que el periodista Jordi Évole realizó al exterrorista Iñaki Rekarte en el programa “Salvados” en 2015. No obstante, procura que el lugar donde ocurre la historia no se identifique para que los espectadores compartan el amor y el dolor, dos de las emociones más universales que existen, y que en esta pieza se ponen de relieve.

Hay que recordar que Iñaki Rekarte estuvo en prisión 22 años por atentar en 1992 con un coche bomba en Santander y causar la muerte de tres personas, un matrimonio de vecinos del barrio y un hombre de 28 años, además de herir a más de una decena. Rekarte se desvinculó de la banda terrorista y llegó a contar su historia en “Lo difícil es perdonarse a uno mismo”. Tal y como se narra en la obra, cuando el exterrorista entró a formar parte de la banda era un joven ingenuo al que le entregaron un papel con un dibujo donde se explicaba cómo hacer bombas. Y esto no fue más que el comienzo de una vida de pesadillas.

La obra plantea primeramente al público un interrogante difícil de responder: qué tenemos que hacer con los seres humanos que han asesinado tiempo atrás y que ahora, tras haber cumplido su condena, han rehecho su vida. Si los daños colaterales ya están ahí, ¿merecen una segunda oportunidad y una reinserción en la sociedad? Lo único que podemos afirmar con seguridad es que la etiqueta de asesino es una losa que Rekarte llevará por siempre aunque sea un exetarra, porque más de dos decenios después el dolor sigue siendo dolor para los familiares de las víctimas.




Cualquier espectador puede sentirse identificado con esta historia porque toda una generación ha sufrido esta lacra de la violencia, del terrorismo en mayúsculas, que a día de hoy sigue pesando, aun teniendo en cuenta que el pasado 3 de mayo la banda terrorista confirmó la disolución de todas sus estructuras. Y es que indirectamente el miedo permanece en el cuerpo de todos aquellos que hemos vivido muy de cerca los atentados a través de los medios de comunicación. En este sentido, la obra también plantea si el cuarto poder debería haber contado con el testimonio de este exterrorista que ha destrozado a tantas personas y que ha acabado confesando su arrepentimiento.

La obra “Ni con tres vidas que tuviera” fue estrenada el 7 de abril de 2017 en Nave 73 y, después de haber pasado por el Teatro Circo de Albacete y por Bilbao, ha regresado a Madrid para hacer las delicias de los espectadores en la Sala Intemperie Teatro. Cabe resaltar que nos encontramos en un espacio muy pequeño, donde un número muy reducido de espectadores prácticamente pueden sentir el aliento de los actores. Y esto, quieras que no, le añade emoción.

Al minúsculo tamaño de la sala, y la sencillez del espectáculo, hay que sumar que la acción transcurre en un mismo espacio la mayoría de la función, en el momento en que un exterrorista que acaba de cumplir condena se enfrenta a las preguntas de un periodista. El atrezo además es mínimo, apenas llaman la atención unas hojas en el suelo y se pueden escuchar unos audios que contextualizan la trama. Todos estos elementos, o mejor dicho la ausencia de ellos, propician la creación de una atmósfera muy íntima que se basa en la palabra y que posibilita tratar un tema con el que todavía hay heridas abiertas.




Los tres protagonistas consiguen que los 80 minutos de duración se pasen tan rápido como un suspiro gracias a que los diálogos ofrecen a los espectadores los tres vértices de una misma historia. Por un lado Lucía Esteso en el papel de víctima y, por otro, Jorge Cabrera bordando el rol de un exterrorista arrepentido. Cabe resaltar además el papel de Nacho Hevia como redactor que descubre a los asistentes lo difícil que resulta a veces la profesión periodística cuando te tienes que preparar a fondo una entrevista que sabes que va a generar una enorme repercusión en la sociedad civil y, sobre todo, por el trabajo que tienes que realizar para ser objetivo y, en definitiva, mantenerte al margen de la historia y no mostrar complicidad alguna con el entrevistado.

Esta entrevista, que centra la mayor parte de la obra, es la antesala del esperado encuentro entre el asesino y la hija mayor de dos de sus víctimas. Esta complicada reunión refleja que esta es una historia que habla de entender, pero también de entenderse, de pedir perdón pero también de perdonarse a uno mismo para seguir avanzando.

Hay que ver “Ni con tres vidas que tuviera” porque el texto es contundente, es teatro social puro y duro que toca temas humanos y que además apuesta por la paz y el perdón como símbolos de la concordia que a veces tanto anhelamos. La obra provocará en los espectadores infinidad de emociones y sentimientos encontrados que conducen al mismo camino de la esperanza porque, al fin y al cabo, un hombre sin esperanza es un hombre perdido.

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