lunes, 26 de mayo de 2014

Crítica: obra "En el estanque dorado"

Un precioso homenaje a la vida, a la vejez y a la muerte 

 

PAULA OLVERA- En un teatro madrileño precioso, de techos altísimos y butacas mullidas, os espera “En el estanque dorado”. Bajo la dirección de Magüi Mira se representa esta obra que nos hace reflexionar sobre el miedo, la soledad y el amor que todos alguna vez hemos sentido. A cualquier edad. No importa cuándo ni dónde. Durante casi dos horas, los espectadores ensanchan su alma y dejan fluir una serie de sentimientos que desembocan en el escenario, a los pies de los maravillosos profesionales que sienten cómo el público poco a poco se sumerge en una conmovedora historia. La obra estará en cartel hasta el 29 de junio para descubrirnos de primera mano lo difícil que es conseguir relaciones sentimentales que no abran heridas con los años.

Descubrir “En el estanque dorado” puede ser fruto de la casualidad. Con un simple “Llévame al teatro” y un par de movimientos en la tarjeta de crédito, nos encontramos en un lugar espectacular, en el “Bellas Artes”. Un teatro antiquísimo, donde sólo son dignas de representar las obras de alta calidad. Entre las artes escénicas que acoge este espacio, nos encontramos precisamente con la producida por Pentación Espectáculos, que cuenta con un reparto único. En un mismo escenario, Lola Herrera y Héctor Alterio, dos de los mejores actores que tiene nuestro país, divagan sobre cuestiones profundas. Al reparto se unen Luz Valdenebro, Camilo Rodríguez y Mariano Estudillo. Con ellos el espectador se emociona, pero también se ríe. En definitiva, siente. Les siente. Como si los personajes fueran personas reales, como si sus vivencias les resultaran familiares.

“En el estanque dorado” es un clásico del teatro contemporáneo, prueba de ello es que ha sido traducida a más de treinta idiomas y producida en más de cuarenta países. Y como toda buena historia, llegó el día en que fue trasladada a la gran pantalla. “On Golden Pond”, “Nuestros años dorados” o incluso en Argentina reconocida como “En la laguna dorada” son algunos de los nombres que ha recibido esta obra de teatro homónima en cines de medio mundo. A Ernest Thompson, autor original, se le ocurrió la brillante idea de configurar esta trama que afortunadamente ya ha sido disfrutada por cientos de espectadores en Madrid, gracias a la versión de Emilio Hernández que perfectamente ha sabido dirigir Magüi Mira. No obstante, antes de asentarse en el Teatro Bellas Artes de Madrid, “En el estanque dorado” realizó una intensa gira por toda la geografía española recibiendo una gran aceptación por parte del público, incluso del más exigente.

Si hubiera que igualarla con otras creaciones, se podría decir que empieza igual, con el silencio del público, con el apagado de los dispositivos móviles, con esa sensación extraña que a todo espectador le corre por las tripas antes de que se abra el telón. Sí, como en el resto de obras, se apaga la luz y comienza la función. Pero aquí hay una diferencia, desde el minuto cero, el espectador no se ríe a carcajadas, ni siquiera se ponen colorados sus pómulos o sus orejas porque el actor de turno ha pronunciado una palabra que en la calle resultaría tabú. No. Durante unos segundos, tras la puesta en escena de Héctor Alterio (padre de los también actores Ernesto y Malena), los espectadores experimentan las mismas sensaciones que el protagonista. Por eso, la inquietud por descubrir qué pasará les mueve de sus butacas sin que ellos mismos se den cuenta. Es en ese mismo instante cuando una comprende que ha acertado con la elección de la obra, más allá de las expectativas previstas. En ese mismo momento, cualquiera sería capaz de acariciar la entrada en un bolsillo que nos quema, que nos revienta como consumidores, porque probablemente pasará mucho tiempo hasta que nuestra economía nos permita volver a asistir ante semejante obra de arte que tenga lugar sobre las tablas de nuestra capital.

Esta obra reúne sobre el escenario a dos pesos pesados de la interpretación de nuestro país. Desde su primera aparición en conjunto sobre las tablas, se demuestra que la pareja de actores tiene química, encarnan a la perfección su papel y esto es imprescindible para que a los espectadores les resulte creíble su historia. La madurez artística de Héctor Alterio y Lola Herrera no tiene nada que envidiar a la de los míticos Katharine Hepburn y Henry Fonda que cosecharon un gran éxito cinematográfico tras interpretar este mismo drama en 1981. Puede que nuestros actores no hayan recibido un premio de la talla de los merecidos Óscar que sí que obtuvieron los intérpretes estadounidenses, pero lo cierto es que su papel también ha recibido buenas críticas y eso se ha convertido en su mejor galardón. En el caso de la proyección cinematográfica se vio envuelta en un halo místico ya que Henry Fonda falleció al poco tiempo de su estreno lo que convirtió al film en más mítico todavía. En nuestro caso, en la adaptación española, se nota que tanto Héctor como Lola prefieren alejarse del modelo popularizado en la gran pantalla y acaban construyendo un rol más personal. Así, por ejemplo, el actor argentino se convierte en el maestro de la ironía. Lola, por su parte, hace uso de su experiencia, más de sesenta años encima de los escenarios dan para mucho. Aunque la retentiva de los dos protagonistas sea más digna de admirar por su edad, el resto del equipo también puede presumir de crecer a pasos agigantados tras su puesta en escena. Luz Valdenebro y Camilo Rodríguez, poseen cierta popularidad televisiva, y junto a Mariano Estudillo, resultan convincentes a los espectadores.

La vejez en muchas ocasiones provoca ternura, en este caso, al menos sí. Dos personajes entrados en años serán los que nos hagan suspirar desde nuestros asientos. Una historia dedicada a los más escépticos en los terrenos sentimentales puesto que la obra nos presenta a ese tipo de amores que pueden durar toda la vida, aunque estarán dentro de una ecuación difícil de resolver. Nos habla de muchos temas que todos tenemos en la cabeza en algún momento de la jornada, nos evoca a eso de ¡qué importante es querer y ser querido a cualquier edad!

“En el estanque dorado” se presenta a un anciano matrimonio, Ethel y Norman Thayer, que nos enternecerán a todos con sus vivencias del pasado, con sus pensamientos del presente y con su temido porvenir. Es una gozada que alguien te muestre una visión tan cercana y lúcida de la vejez y lo que ella simboliza en todos nosotros. En el plan vacacional idílico de esta pareja aparece su hija Chelsea, con visita incluida, dispuesta a desmontar la paz que el matrimonio busca a cada instante.

Los espectadores acompañarán a los personajes en un periodo bastante amplio, en los meses de mayo a septiembre. El devenir siempre acecha en una función, pero, en este caso, el paso del tiempo está bastante bien repartido, el público es consciente del cambio de estación gracias, entre otros factores, a efectos lumínicos diseñados por José Manuel Guerra. La escenografía en general está muy cuidada; un bosque como fondo de telón simula a la perfección un destino vacacional onírico. Y a lo lejos, perfectamente incorporada, la música, la cual se abre paso suavemente en el oído de los espectadores. La trama se desarrolla en un espacio paradisiaco, el Estanque Dorado, un lugar con una belleza pasmosa para los protagonistas. Posiblemente se entiende como ese sitio que todos escondemos al resto del mundo, ese pequeño área en el universo donde nos gustaría morir en paz para descansar eternamente entre tanta hermosura.

En un lado de la balanza las pocas ganas de vivir, y en el otro, la supervivencia representada en las carnes de mujer. Una esposa que envejece más rápido debido al lastre que tiene que soportar diariamente. Una compañera de toda una vida dispuesta a aguantar carros y carretas. Y en silencio. La obra se convierte irremediablemente en un homenaje a todas aquellas mujeres y madres vitalistas, pacientes, comprensivas, que posponen su felicidad por la de sus seres queridos. En realidad, esa es su manera de ser felices, viendo a los demás erguidos, dispuestos a seguir luchando y a querer levantarse de la cama cada nuevo día. La historia de Ethel es la de tantas y tantas mujeres que luchan dentro de una familia con un miedo incontestable a que su núcleo familiar acabe desestructurado. Todo esto es imposible de cumplir sin amor. El que desprende la protagonista femenina de esta historia es profundo, es uno de esos sentimientos capaces de mover montañas. Y es que cuando te duele de verdad querer a alguien, cuando te mueres con la idea de pensar que lo pierdes para siempre, cuando ignoras la infelicidad aun sabiendo que te acecha, que tu vida no es como quieres... en ese preciso instante, tus días empiezan a no tener sentido. Por eso, es mejor huir de ese tipo de pensamientos y hacer como si nada hubiera pasado. 

Una sensación agridulce y un aspecto lacrimógeno envuelven el rostro de los presentes. La obra en sí es un espectáculo de contrastes. De contraste de sentimientos, tan pronto puedes estar con un semblante serio como esbozando una sonrisa a los dos segundos. Y por supuesto, de contraste de personajes. ¿Se puede ser un cascarrabias y a la vez un personaje adorable, con un corazón bondadoso? ¿Se puede pecar de maleducado y a la vez de divertido anfitrión? La respuesta viene de la mano del papel interpretado por Héctor Alterio.

Norman es el típico personaje que seduce a los espectadores a la vez que les irrita. Es de ese tipo de personas que han pasado por nuestra vida hablándonos de limitaciones, por edad principalmente. Limitaciones que por otra parte uno mismo se pone. Quizás todo sea culpa de una jubilación impuesta que condena y obliga a nuestros mayores a sentirse así. A medida que se desarrolla la obra, la tosquedad de Norman se convierte en necesaria para el espectador que acaba compadeciéndose de su carácter avinagrado. Esta actitud del protagonista variará durante la trama, nos ofrecerá una alternativa a la rutina, nos demostrará que siempre hay una razón para seguir adelante, en este caso, el anciano, la encuentra en otro de los personajes. Alguien inesperado en su vida que le hace recuperar la ilusión y produce en él un cambio sustancial. Sin duda, el humor de muchas personas depende de este tipo de situaciones imprevisibles. Y quizás en este momento recordemos que rectificar es de sabios y que nuestra felicidad irremediablemente la configura todo cuanto nos rodea.

¿Qué hacer cuando la muerte se convierte en nuestra propia sombra? La cercanía de la hora del juicio final nos condiciona la existencia. Todos tenemos miedo a esa extinción. En los protagonistas se refleja constantemente el temor a que el estanque se seque, se quede sin patos, a que su familia se evapore, a que el sentimiento de la pareja se calcine en lo más hondo de sus corazones. A que, sobre todo, la vida misma tal y como la conciben haga "¡pum!" y aquí paz y después gloria. Esto hará reflexionar a los espectadores haciéndoles entender que se puede seguir disfrutando aunque el tiempo nos acose y nos mime poco.


A pesar de que es una obra que bien merece ser vista por público joven y adulto, la mayoría de los asistentes son personas entradas en edad, que entienden a la perfección la historia que se está contando. Independientemente de en quién cale más el contenido, el guión es sublime, las emociones fluyen solas, no se ha abusado de palabrería efímera para un público un tanto sensiblero. Sin pensarlo, una buena elección para ir al teatro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario