jueves, 13 de diciembre de 2018

Crítica: obra “La voz dormida”

El tiempo se mide en palabras


PAULA OLVERA- Hasta el 18 de diciembre a las 20:30 horas en el Teatro Bellas Artes de Madrid se representa “La voz dormida”, obra dirigida por Julián Fuentes Reta que cuenta con cuatro candidaturas a los Premios Max 2018: Mejor dirección, mejor adaptación, mejor interpretación femenina y mejor escenografía. La pieza es una adaptación de la novela de Dulce Chacón que se concibe como un canto a favor de la paz, la libertad, el amor y, en definitiva, la lucha por la vida. La función está interpretada por la actriz y cantante Laura Toledo como Pepita y también cuenta con la presencia de Ángel Gotor. Una versión que os encantará, de las que el público se levanta de la butaca y rompe en aplausos al final de la función. Un montaje redondo para los amantes de la Historia.

En la madrileña calle del Marqués de Casa Riera número 2 hay un plan teatral que os está esperando. “La voz dormida” ha regresado y el Teatro Bellas Artes ha programado cuatro únicas funciones. En 80 minutos la obra nos adentra en la historia escrita por Dulce Chacón sobre la posguerra española donde un grupo de mujeres encarceladas en la prisión de Ventas enarbola la bandera de la dignidad y el coraje como única arma posible para enfrentarse a la humillación, la tortura y la muerte.

Cayetana Cabezas ha sido la encargada de adaptar la conocida novela a un íntimo montaje en forma de monólogo que sigue a la protagonista encadenando frases desgarradoras sobre el mayor conflicto civil español del siglo XX. Se debe recalcar por tanto que la obra está documentada en historias reales, lo que hace más emocionante el discurso. Pepita Patiño, una mujer valiente que nunca se rindió, falleció a los 91 años en Córdoba y esta adaptación posibilita que su alegato contra la represión de la posguerra llegue a los máximos corazones posibles y que su amargura no fuera en vano.

La obra nos toca en lo más profundo del alma, al fin y al cabo, está desenredando una parte de un dolor común, o que al menos no nos resulta ajeno. De este modo, se relata el sufrimiento de aquellas mujeres que perdieron una guerra y la agonía que vivían sin conocer cuál sería su final. Aunque el lamento no es nuevo, sí nuestra voluntad de escribir un futuro mejor para las nuevas generaciones, por mucho que digan que estamos condenados a repetir nuestra historia.

Laura Toledo interpreta de forma magistral a una Pepita desconsolada, desde la sencillez pero también desde la fuerza y la rabia. Se nota que la actriz ha trabajado la composición física de su personaje, cada movimiento y paso que da parece estar medido al milímetro, jugando con el lenguaje corporal y acaparando las miradas de los asistentes gracias a su gestualidad.

Su capacidad de memorizar un texto tan intenso como el que aquí se presenta es digna de elogio, hace suyo el escenario con cada frase y el verdadero atractivo de la obra reside no sólo en la propia historia sino también en cómo esta actriz consigue atrapar la atención de los asistentes con su forma de narrar y su facilidad para cambiar de registro y de emociones.

Eso sí: hay que conectar en los primeros minutos porque si se pierde el hilo del relato el mensaje de Pepita, que cuenta cómo se enamora y tiene que esperar la friolera de veinte años para casarse, no cobrará sentido por mucho que resuene en la voz de la actriz.

Hay que mencionar también a Ángel Gotor que no tiene diálogo pero que está presente en la función de forma bastante impactante e inusual para los espectadores que no estén muy familiarizados con los personajes que dejan huella hasta de espaldas.

La puesta en escena es minimalista, no se podía esperar menos ante una historia de este calibre. El atrezzo es mínimo, marcado con unos hilos de quien lleva tejida su propia vida, y sirve para crear una atmosfera única a partir de la música de Luis Paniagua. De hecho, cuando se apagan las luces y la obra va a dar comienzo el primer sentido que acaricia “La voz dormida” es el oído antes que la vista. La iluminación a cargo de Joseph Mercurio también suma a la representación ya que además de dirigir el interés a la protagonista ayuda a contextualizar dónde se encuentra, puesto que un mismo escenario se bifurca dando lugar a nuevos espacios de acción.

“La voz dormida” sobre las tablas se diferencia bastante de la película dirigida por Benito Zambrano e interpretada por María León e Inma Cuesta. Las imágenes recreando la represión franquista durante la posguerra española nos acercaban más fielmente a los hechos acaecidos el pasado siglo, pero los diálogos sobre el escenario nos hacen recordar una historia de tiempos de silencio, de amor pero también de mucho miedo.

Esta producción de la compañía Salvador Collado consigue que los espectadores se marchen del teatro con la simbología de la función a cuestas: con la sensación de que un mundo mejor es posible, que el posicionamiento en contra de la guerra y a favor de la paz nos hace más humanos y que nos acerca aprender de nuestros errores. “La voz dormida” nos anima a apostar siempre por la tolerancia y a luchar por nuestra libertad, el bien más preciado. No olvidemos nunca que donde acaba la sangre empieza la vida.

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