domingo, 14 de diciembre de 2014

Crítica libro “Los cínicos no sirven para este oficio”

"Las malas personas no pueden ser buenos periodistas"

PAULA OLVERA – Hace más de una década que Ryszard Kapuściński publicó en Anagrama “Los cínicos no sirven para este oficio: sobre el buen Periodismo” para reflexionar sobre el papel que tienen los periodistas en la sociedad. A día de hoy, esta lectura continúa siendo imprescindible para todos aquellos interesados en los aspectos que rodean a una profesión en constante cambio. Y, entre tanto caos, Kapuściński se toma el lujo de analizar cómo tendría que ser el tratamiento de informaciones sensibles al público como la pobreza o la guerra. Asimismo, el autor nos demuestra que las malas personas jamás podrán cumplir de forma correcta una tarea relacionada con la comunicación. A pesar de su fallecimiento hace unos años, su recuerdo y, sobre todo, su forma de entender el Periodismo están más vivos que nunca.


“Los cínicos no sirven para este oficio” es uno de esos libros de los que se habla en las Facultades de Comunicación y posteriormente se continúa tratando, durante los años en los que uno ejerce la profesión de periodista. En poco más de cien páginas el lector será testigo de las vivencias y confesiones de Ryszard Kapuściński, un periodista y escritor de origen polaco que se hizo muy famoso gracias a sus escritos sobre temas un tanto escabrosos. Así, se podría decir que en poco tiempo Kapuściński se convirtió en uno de los referentes en el mundo de la corresponsalía. Él quería demostrar que vivimos rodeados de un creciente número de sociedades, culturas, religiones y civilizaciones que son diferentes y hay que adaptarse a la nueva situación global. No dudó nunca en tratar sobre los conflictos acaecidos en Asia, Europa, América y, principalmente, sobre lo que ocurría en África. Por eso, su fallecimiento en 2007 a los 74 años dejó huérfano a una parte del Periodismo. Afortunadamente, siempre nos quedará su legado artístico, así como, el literario y en todo momento podremos leer lo que nos intentaba transmitir acerca del Periodismo.

Según el autor, para poder comunicar algo debemos tener un conocimiento directo sobre aquello de lo que estamos hablando. Asimismo, Kapuściński también nos aventura que es erróneo escribir sobre alguien con quien no se ha compartido al menos un tramo de vida. A simple vista parece de lo más obvio, pero en el mundo periodístico no todos los profesionales lo cumplen.  Por ello, se debe exigir a los corresponsales, entre otros especialistas, que sepan qué es lo que está ocurriendo al mismo tiempo en todos los países del continente desde el que están informando. El enviado especial tiene que analizar qué es lo que ha ocurrido allí antes y lo que puede suceder en el futuro. Igual de importante es que viva los hechos en sus propias carnes. Y es que por norma general la motivación periodística está marcada por la de experiencia directa o por la necesidad de riesgo.

Kapuściński nos desvela en este libro que en el oficio de periodista hay elementos muy importantes que jamás se deben olvidar. Entre ellos se encuentra una cierta disposición a sacrificar una parte de nosotros mismos porque la profesión es muy exigente y requiere la mayor parte de nuestro tiempo. Asimismo, se precisa una constante profundización en nuestros conocimientos ya que es necesario estudiar y seguir formándose continuamente. Sin duda, es una profesión hecha a base de estrés, de nerviosismo y de riesgo en la que se trabaja día y noche. Se puede leer entre líneas que el Periodismo no es un medio para hacerse rico rápidamente. Por tanto, hay que tener paciencia y trabajar asiduamente ya que el público sabe reconocer el buen trabajo y enseguida lo asociarán a un nombre, momento en que uno se convierte en un periodista estable.

Las fuentes que utilizan los profesionales de la comunicación también son claves para el desarrollo correcto de su trabajo y no podía faltar en el libro una mención a ellas. Los documentos no son las únicas fuentes que sirven a los periodistas, de hecho, son las personas las que se convierten en la principal arma con la que cuentan estos profesionales porque les suministran, en un breve periodo de tiempo, gran cantidad de información. Los periodistas al trabajar con personas tienen que intentar comprender sus historias. Y no sólo eso. Tienen que saber cómo dirigirse a los demás, cómo tratar con ellos, porque si la fuente se da cuenta de que un periodista es arrogante y no se interesa por sus problemas, no contestará. Por eso, el autor considera que las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Nunca lo serán. Sólo una buena persona puede intentar comprender las intenciones de los demás.

Sin duda, el lector tiene en sus manos uno de los más maravillosos manuales del buen hacer periodístico. En sus páginas se advierte que todo periodista es un historiador, porque lo que hace es investigar y posteriormente describir la historia en su desarrollo. Es cierto que cada periodista ve la realidad y el mundo de forma distinta, pero lo importante es que no deje nunca de prestar atención a lo que está a su alrededor y que apueste por la veracidad de los hechos. Esto en determinadas circunstancias es difícil porque se obliga a los periodistas a ser dependientes de los intereses, puntos de vista y expectativas de aquellos que pretenden lucrarse de una bonita profesión. En muchas ocasiones los medios de comunicación están manipulados y omiten determinados temas que podrían ser del interés de la mayor parte de la sociedad. No obstante, como los medios no están interesados en reflejar esa realidad, muchas veces, la opinión pública se determina en una dirección que no es la correcta. Para evitar esta situación Kapuściński nos insiste desde su libro en que la profesión no puede ser ejercida por alguien que sea cínico. En el Periodismo hay que dejarse la piel. 

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