jueves, 4 de diciembre de 2014

Crónica: Cuenca

Cuenca, una ciudad encantada

PAULA OLVERA/AURORA SALVO – Cuenca, situada al norte de la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha, cuenta con un valioso patrimonio arquitectónico e histórico. Muchos son los visitantes nacionales e internacionales que se acercan a contemplar esta ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Esta población desprende un aroma diferente, el más propicio para dejarse envolver por la magia de sus calles, muchas de ellas con cierta pendiente, aunque merece la pena el esfuerzo para apreciar la belleza del lugar. Se trata de un rincón que se encuentra muy bien comunicado y que invita tanto a pasar largas temporadas como a realizar una escapada de un día. Para ambas opciones, a continuación repasamos todo lo que da de sí esta región. 


La ubicación de Cuenca es privilegiada. Aproximadamente, la separan de Madrid 140 kilómetros, unas dos horas en coche. Y no sólo eso. Es la única provincia de Castilla-La Mancha que limita con el resto de homónimas castellano-manchegas. Por el norte con Guadalajara, por el oeste con Toledo, por el suroeste con Ciudad Real y por el sur con Albacete, ciudad más poblada de dicha comunidad autónoma. Además, en esta comarca manchega se pueden encontrar localidades muy conocidas de la cultura popular española, como Mota del Cuervo, el pueblo del personaje de Elvira Lindo, Manolito Gafotas. En la ciudad de Cuenca vive casi un cuarto de la provincia que lleva su nombre, es decir, unos cincuenta y siete mil habitantes. Sin embargo, de Castilla-La Mancha, es la capital provincial más pequeña en cuanto a población, debido sobre todo a la emigración hacia poblaciones más grandes. A pesar de ello, no es difícil que se colme de turistas en todas las épocas del año, aumentando este número de forma considerable.



Los celtas, durante la Antigüedad, fueron algunos de los primeros habitantes de esta ciudad. En el siglo VIII, los musulmanes se asentaron es este territorio que se unió al Emirato de Valencia y posteriormente al reino árabe de Sevilla. A esta época, pertenece la fortaleza de Qünka, que se cree que dio origen a la localidad actual, así como al nombre con la que hoy la conocemos. La conquista de los cristianos se produjo a comienzos del siglo XII, aunque al poco tiempo pasó al poder de los almorávides. Finalmente, Alfonso VIII de Castilla la tomó en 1177, concediéndole un fuero particular. En la Reconquista, tuvo un papel fundamental ya que durante mucho tiempo se alzó como zona fronteriza, así como punto clave para los ataques contra los musulmanes. Esta gran diversidad cultural se aprecia actualmente en sus rincones y en su variedad histórica. Un patrimonio que estuvo a punto de perderse en 1808 y 1810 cuando, durante la Guerra de la Independencia contra Francia, el ejército de este país la prendió fuego.



Nada más cruzar el cartel que da la bienvenida a la ciudad se puede diferenciar que ésta se divide en dos partes. Por un lado, nos encontramos con una ciudad nueva, moderna, al estilo de cualquier capital de provincia. Por otro lado, bien separada de la anterior, se localiza una ciudad más antigua cuyo patrimonio histórico es digno de destacar. Esta diferenciación se produjo en los años de posguerra, durante el éxodo rural que hizo que muchas personas emigraran del campo a la ciudad, produciéndose también un cambio en las labores de los protagonistas de estas migraciones. La zona del casco antiguo fue declarada en 1963 “Paisaje Pintoresco” y en 1996 la UNESCO le otorgó la denominación de Patrimonio de la Humanidad.


Entre los monumentos históricos cabe mencionar la Catedral de estilo gótico, aunque con elementos propios de la transición desde el románico, que data del siglo XIII y está situada en pleno centro de la ciudad. En su interior, además de tallas religiosas, se encuentran, a los pies de los visitantes, numerosas tumbas de obispos. Otro de los monumentos característicos es la Torre de Mangana que incorpora un gran reloj en su cima y pertenece a una antigua fortaleza árabe que está situada en un solar un tanto alejado de la plaza central. Cuenca también alberga un Castillo del siglo XIII, aunque en la actualidad está en ruinas y los visitantes sólo pueden acceder por una torre que les muestra una bonita panorámica de la ciudad. Asimismo, no se debe olvidar el Arco de Bezudo del siglo XVI.


En esta ciudad también nos encontramos con cuantiosos museos, los cuales, permanecen cerrados los lunes al público. Entre ellos, cabe destacar el Museo de las Ciencias de Castilla-La Mancha, el Museo Diocesano de Arte Religioso, ubicado en el Palacio Episcopal, o el Museo de Arte Abstracto Español, localizado en las famosas Casas Colgadas. En ellos, los visitantes se podrán empapar de la cultura de esta ciudad con siglos de Historia.

La infraestructura y disposición del centro histórico es digna de admirar. De hecho, pasear por el casco antiguo se convierte en todo un reto para los viandantes debido a las innumerables cuestas. Sorprende sobre todo la ubicación de las Casas Colgadas que caracterizan visualmente a esta ciudad fuera de sus fronteras. Su singular construcción se remonta al siglo XIV y se sitúan sobre un risco de la hoz del río Huécar, un monumento arquitectónico que parece propio de una construcción actual. Llama la atención que estas viviendas permanezcan erguidas, ya que parece que en el momento menos pensado se van a desmoronar. Sin duda, estas Casas Colgadas se convierten en el monumento más conocido y fotografiado de la ciudad. Las vistas desde allí son increíbles, pero a la vez producen una sensación de vacío, mostrándonos precipicios en todo su esplendor. Desde el Puente de “San Pablo” también podremos asomarnos para vislumbrar barrancos. Este puente de hierro rojo y suelo de madera, que recuerda al “25 de abril” de Lisboa, es el más famoso de la ciudad y desde él los visitantes podrán realizar algunas de las mejores instantáneas de la ciudad. Eso sí, queda claro que Cuenca no es apta para personas con problemas de vértigo, aunque hará las delicias de los amantes de las alturas.




Como en todas las ciudades, en los alrededores del centro urbano se encuentran numerosas tiendas donde comprar souvenirs, desde las típicas cerámicas y figuras con la imagen de las Casas Colgantes hasta los productos más dulces de la ciudad, como las tortas de miel, denominadas alajú, las rosquillas fritas o “los borrachos”.

En la plaza se localizan varios restaurantes donde los turistas podrán reponer fuerzas antes de continuar con la ruta. Los precios son asequibles por lo que los visitantes disfrutarán de una agradable velada a la par que degustarán la gastronomía propia de esta tierra castellano-manchega. Entre los platos de esta región destaca la carne de caza, como la perdiz, los zarajos o las imprescindibles migas. Para bañar estos manjares, el licor típico de la ciudad es el resolí, una mezcla de canela, café, aguardiente, azúcar y corteza de naranja.



La vegetación en los alrededores del casco antiguo es abundante, los árboles se abren paso a su antojo, principalmente los pinos y los álamos. Además, como ya se ha comentado, Cuenca es atravesada por dos ríos, por un lado el Júcar, y por el otro, su afluente, el Huécar, el cual desemboca en la zona más antigua de la ciudad.

A simple vista parece que nada ocurre en Cuenca, que todo permanece tranquilo, en calma. Y nada más lejos de la realidad ya que la mayor parte de sus ciudadanos son personas ancianas que observan con buenos ojos las visitas que realizan los turistas a su tierra. Se podría decir, en una primera instancia, que los conquenses son personas muy afables, dispuestos a enseñarte gustosamente los entresijos de su ciudad. Y es que estos visitantes llegan desde todos los puntos de España y del mundo, gracias sobre todo a su proximidad a Madrid, desde donde es fácil desplazarse para pasar el día. De hecho, una de las principales fuentes de ingresos de esta localidad es el turismo.



A escasos kilómetros del centro de la ciudad, en la localidad de Valdecabras, dentro del Parque Natural de la Serranía de Cuenca, se encuentra la famosa “Ciudad encantada”. Se trata de un paraje constituido por formaciones calizas y calcáreas forjadas por la erosión. Este capricho de la naturaleza consigue crear figuras perfectamente reconocibles y sin la aparente mano del hombre. Además, cuenta con una gran riqueza de flora y fauna, gracias a su amplia variedad de especies. Todo ello, engloba un lugar con cierta magia que fue declarado Sitio Natural de Interés Nacional en junio de 1929.

Otra de las facetas por las que Cuenca es conocida es por sus fiestas. Destaca su Semana Santa con la procesión “Camino del Calvario”, que es conocida entre la población como Las turbas. En esta misma línea, se aprecia la Semana de la Música Religiosa, declarada de Interés Artístico Internacional. En otro ámbito, se encuentran las Fiestas de San Julián que vienen acompañadas por una reseñable feria de artesanía, animada por pasacalles. A mediados de septiembre, las Fiestas de San Mateo conmemoran la reconquista de la ciudad por Alfonso VIII de Castilla.


Como se ha podido apreciar en este repaso turístico, Cuenca tiene mucho que ver y que descubrir. Ante las próximas fechas festivas, se perfila como un lugar más que idóneo para huir del ajetreo de la ciudad o de la tranquilidad del campo y refugiarse en un espacio en el que solo se respira encanto. 

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