lunes, 3 de noviembre de 2014

Crítica obra "Mi padre, Sabina y yo"

“Las canciones son de quien puede imaginarlas"

PAULA OLVERA/ AURORA SALVO- En esta ocasión os traemos una nueva propuesta de teatro para adultos, “Mi padre, Sabina y yo”. Esta obra, que ya lleva tres temporadas en cartel, se representa todos los sábados de noviembre en la sala PlotPoint. ¿Quién no ha oído alguna vez en su vida las canciones de Joaquín Sabina? En esta representación, se sitúan en un contexto concreto. Uno de tantos, porque cada persona interpreta sus temas en función de su situación y del momento en que los escucha. Los hace suyos, como si en ese instante el autor estuviese pensando en ellos. En esta comedia dramática, se pone cara a la historia de un padre y un hijo a través de las letras de un genio de la música que hilan este emocionante, a la par que divertido, guión. Si mientras leéis esta crítica se os viene a la cabeza alguno de los famosos versos del cantante de Úbeda, esta es vuestra función.

Nos trasladamos al castizo barrio de Embajadores, concretamente a la calle Ercilla 29, para acudir a una representación habitual de los viernes de octubre en el ArtEspacio PlotPoint, en noviembre se sube a escena los sábados. La obra elegida: “Mi padre, Sabina y yo. Ésta ha surgido tras el éxito de otra comedia musical, “Mi madre, Serrat y yo”, que lleva cinco temporadas y en la que las canciones de Joan Manuel Serrat guían la relación entre una madre un tanto alocada y una hija demasiado formal. En nuestro caso, la música de Joaquín Sabina guía la producción. Aunque el público no sea asiduo a las canciones de este cantante, podrá acudir a ver la obra y entenderá la trama sin ningún problema. No obstante, probablemente gustará más a aquellos que se consideren fans del virtuoso artista, por el hecho de que harán más suyas las canciones, ya que puede que les recuerden a emocionantes momentos pasados.

Desde el instante en el que el espectador entra en este espacio teatral puede apreciar lo cuidados que están todos los detalles, tanto internos como externos a la función seleccionada. Lo primero, el trato afable de las personas que forman parte de la compañía, lo que se agradece enormemente, ya que el público se siente como un eslabón más del elenco de la sala. El hecho de que varios actores nos entretengan hasta el comienzo de la obra hace más amena la espera y crea una mayor predisposición en los espectadores a pasarlo bien, porque se sienten a gusto en un ambiente agradable. Así, los miembros del teatro hacen suya la frase del famoso actor y director Al Pacino, “se trata de hacer que todas las cosas que hacemos en la vida sean un juego”. Lo segundo que se puede destacar es que el ticket de la obra en sí mismo llama mucho la atención, igual que los trípticos en los que te explican las tareas que se desarrollan. Sin duda, todos estos factores influirán en que la audiencia se enamore de este lugar que tiene un encanto especial.

Tres actores comparten de forma coral el protagonismo con la música en directo. El argentino Carlos De Matteis, que es también el director y escritor de la obra, crea un personaje alocado, pero entrañable que llegará al corazón del público. Verónica Pérez interpreta a más de un personaje, tal como ocurre en otras muchas obras, por ejemplo, “El Feo”. La actriz sabe combinar perfectamente ambos roles y el espectador diferencia en todo momento cada uno de sus papeles, sin que haya lugar a la confusión. José Luis Lozano, que se podría considerar el principal protagonista, borda su papel, de la misma forma que sus compañeros, y consigue transmitir la ternura propia de un personaje que  sólo busca el cariño de su padre.

Además de actor, José Luis Lozano tiene que asumir la tarea de cantante, de intérprete de las canciones de Joaquín Sabina. Su atuendo y su dicción especial recuerdan bastante al reconocido músico, aunque sin llegar a la voz cazallera del artista. No obstante, el joven hace suyos los temas y la interpretación gestual apoyándose en un característico sombrero del que no se separa. Precisamente, sus actuaciones en directo se convierten en la guinda del pastel de la producción, ya que en pocos espectáculos se puede escuchar, a tan corta distancia, la voz de un miembro de la obra. Esto emociona al público, igual que ocurrió en “Los miércoles no existen”. Sin darse cuenta, los asistentes tararean las canciones muy bajito, casi para ellos mismos, a modo de acompañamiento del artista. Eso sí, escuchan los pequeños monólogos del protagonista. En determinados momentos, el intérprete actúa como narrador e hilo conductor de la historia, que te ayuda a entenderla de forma global. Además, en estos instantes, parece que apela directamente a aquellas miradas atentas que le observan desde las butacas.

La elección de Joaquín Sabina como cantante que guía los pasos del protagonista nos parece excelente. Nada mejor que utilizar las canciones de este poeta andaluz de las letras  para hacer de ellas un modo de vida y una banda sonara de esta peculiar historia. Y es que precisamente, Sabina, conocido a nivel internacional, siempre ha destacado por su forma de vivir. Sus excesos se han convertido en una parte más de su figura pública. Y canciones suyas como “Y sin embargo”, “La del pirata cojo” o “Pongamos que hablo de Madrid” que se escuchan en la función, se han convertido en lemas de varias generaciones. En la representación, también se pueden escuchar otras como “Contigo” o “Pastillas para no soñar”. Todas ellas, pondrán la piel de gallina a pie de escenario.

La escenografía, dirigida por Mert Clevero, es digna de mencionar. Los espectadores tenemos el privilegio de hallarnos en una casa y podemos espiar lo que sucede en ella. Este hogar es un tanto peculiar, al comienzo de la función hay elementos perfectamente colocados en escena y que al principio parecen innecesarios para el público, pero durante la representación los protagonistas harán uso de ellos, justificando su lugar sobre las tablas. El vestuario, dirigido por Marina Skell, también merece ser destacado, sobre todo en el caso de la actriz protagonista que tiene que lidiar con varios personajes.

Otro de los puntos fuertes, es la iluminación. Los juegos de luces resultan fundamentales, porque contextualizan los espacios y aportan el intimismo necesario para los sucesivos apartes en escena. En estos casos, la atención se centra en el círculo al que se da vida a través de un foco sin que parezca que haya nada más alrededor, sólo el público y el actor. Gracias, en parte, a esta inyección lumínica, el ambiente se carga de emoción y los espectadores, casi hipnotizados por la tensión del momento, no apartan la mirada del punto destacado en el escenario.

En este espacio teatral en el que se representa la obra, PlotPoint, tienen cabida funciones de lo más interesantes. En el mes de octubre, su cartelera acogió, además del ya mencionado, los textos de “Cállate y Bésame”, “Casting: Ya te llamaremos…”, “La vida es Bell@” o “Mi madre, Serrat y yo”. Como se puede comprobar, los fines de semana, el público puede disfrutar con temáticas de lo más variadas que ya sólo por el título sugieren a diversos tipos de espectadores. PlotPoint es también una escuela de teatro en la que se imparten clases semanales a distintos niveles. Así, los amantes de las artes escénicas podrán inscribirse en cursos de iniciación si su objetivo es divertirse, ganar confianza y aprender las principales técnicas. De igual manera, se oferta un módulo trimestral de cine y televisión para grupos de diez personas, como máximo, en el que adquirirán una visión más amplia sobre estas piezas fundamentales de nuestra cultura. Además, estos alumnos podrán acudir gratis a todos los espectáculos de la sala.



La obra nos pone en bandeja la relación existente entre padres e hijos, las cuales, se suelen caracterizan por la falta de comunicación a diversos niveles. Sobre todo, si de repente, aparece un hijo con el que no has tenido ningún tipo de contacto durante años. Y es que hay algo, se podría decir que invisible, que cambia en un padre cuando se entera de que va a tener una responsabilidad de la que no se puede desprender. La obra en sí es una montaña rusa de emociones ya que tras las risas se pasa al momento de lágrimas. Como la vida misma, la sonrisa y la congoja habitan en el alma de la función, transmitiendo esas sensaciones más allá de la escena y consiguiendo que la cuarta pared se difumine. Se trata de un tema conocido por todos, aunque no se haya vivido una situación similar, las relaciones familiares son un tema universal repleto de filos, en ocasiones cortantes.

En la representación, tiene cabida la inclusión de un tema que se encuentra cada vez más en los guiones de forma explícita: el sexo. Así, la obra también gira en torno a este deseo que comparten hombres y mujeres. En parte, aunque salvando las distancias, se podría comparar con otras grandes producciones como “El Cavernícola” o su réplica femenina “La Cavernícola”, en las que se menciona no sólo el sexo si no también las relaciones existentes entre los dos géneros. En el caso de “Mi padre, Sabina y yo”, se da a entender la importancia que tienen para la parte masculina las mujeres, igual que de forma contraria. Como se puede apreciar en la obra, hay algo que une a unos y a otras en ciertos instantes, las ganas de disfrutar con lo que hacen cada minuto. Los tres personajes se muestran muy vitalistas y dispuestos a enfrentarse con lo que venga, una actitud muy positiva que convendría que muchos tomáramos en nuestro día a día.

De igual manera, se otorga cierta importancia al tema de la muerte, que también en muchas obras resulta tabú, quizás por el miedo que determinados espectadores tienen al término y que los guionistas prefieren evitar. En este caso se trata la muerte como algo banal, inevitable, aunque en realidad al protagonista le produce más tristeza de lo que quiere aparentar. Esta situación nos recuerda a esta cita, precisamente, de Sabina, “La muerte es solo la suerte, con una letra cambiada".

Y es que, llega un momento de nuestra existencia en el que cabe preguntarnos si somos felices con la vida que estamos llevando o si hay algo que debemos cambiar. Esta pregunta aparece en la mente del espectador después de ver la representación. En la mayoría de las ocasiones, nos damos cuenta de que es precisamente el miedo el que nos inquieta y el que nos niega a cambiar determinadas situaciones que nos están produciendo gran dolor. A veces, nos preocupamos demasiado por cosas que no son tan importantes y nos privamos de aprovechar las experiencias, saborearlas y hacerlas únicas. Este texto dramático invita a luchar contra esa pasividad emocional que sin quererlo puede habitar en nuestro interior. La falta de ilusión es un grave problema en nuestra sociedad, aunque pueda parecer que con todo lo que está pasando es el menor de nuestros males, la esperanza es el motor de todo. Sin ella, estamos perdidos. Por eso, no hay nada mejor que recordar esta famosa frase de Les Luthiers: “No te tomes la vida tan en serio, a fin de cuentas, no vas a salir vivo de ella”.

Los actores se mostraron muy agradecidos con su público, se notaba que disfrutan con su trabajo, con el teatro en general. Lo que más nos gustó más allá de la obra es que compartieran unos minutos, a pesar de ser las doce de la noche de un viernes, con los espectadores. Para escucharles, para preguntarles, para corresponderles su cariño en la misma o, incluso, en mayor medida. La cercanía con los asistentes a la función resulta fundamental, ya que crea un ambiente distendido, apto para el debate y que aleja al actor del personaje. Así, se pueden escuchar experiencias enriquecedoras, conocer al resto de los presentes y apreciar la universalidad del teatro y, en concreto, de las canciones de Joaquín Sabina.

“Mi padre, Sabina y yo”, gracias a su nivel de éxito, promete más meses en cartel, aunque tanto si te gusta Sabina, como si no, ¿por qué no acudir cuanto antes a disfrutar de un par de horas de diversión? Para nosotras, esta fiesta teatral se saldó con unas copas de cava, y tal y como bromeó el elenco, “con el cava, se acaba”.

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