domingo, 26 de octubre de 2014

Crítica obra "El Cavernícola"

El arte de hacer reír


PAULA OLVERA/ AURORA SALVO - “El Cavernícola” no se quiere marchar del Teatro Fígaro Adolfo Marsillach. El18 de septiembre se estrenó una nueva temporada, y ya van seis, que promete cosechar el mismo éxito que las anteriores. Este divertido monólogo interpretado por Nancho Novo pone de relieve, en clave de humor, las diferencias entre el sexo masculino y el femenino. Los tópicos de unos y otros se ven reflejados, consiguiendo hacer reír a ambos sectores. El protagonista nos cuenta todo lo que le gusta y lo que no de su mujer Iria, así como del género opuesto en general. Para los que no sois de Madrid, esta función también se puede disfrutar en Barcelona en el Teatro Club Capitol de la mano de Josep Julien. Si queréis averiguar cuáles son esas distinciones de género seguid leyendo.
“El Cavernícola” se ha convertido en todo un fenómeno mundial. Escrito por Rob Becker y dirigida por Marcus Von Wachtel, este soliloquio ha recorrido el mundo recibiendo una gran aceptación en cada uno de los rincones en los que se ha interpretado. De hecho, es la recitación que más tiempo ha estado en la cartelera del prestigioso Broadway de Nueva York. Además, en el año 2000 recibió el Premio Laurence Olivier al mejor monólogo. Y no nos extraña porque el protagonista, Nancho Novo, realiza un divertido discurso donde los temas que incluye siempre estarán de actualidad. Y es que la eterna guerra de sexos siempre dará que hablar. Lo lleva haciendo desde el principio de los tiempos, tal como refleja la obra.
Se abre el telón rojo de terciopelo un día más. Hay público de todas las edades en la sala, aunque predominan las personas con más de cuarenta años, de ambos sexos. Ha refrescado, es otoño, pero los espectadores no hacen pereza para invertir en cultura. ¡Y qué alegría! El Teatro Fígaro, ubicado en la calle Doctor Cortezo número cinco, vuelve a recibir a Nancho Novo, al que imaginábamos transformado en un cavernícola, aunque finalmente su vestuario en la obra es más sencillo y actual, representando a cualquiera de los hombres que se pueden encontrar entre el público. No obstante, durante la función, él mismo se compara con este hombre primitivo y nos intenta convencer con divertidos argumentos de que quizá no hayamos cambiado tanto desde entonces. La evolución es innegable, pero la esencia de lo que hemos sido no se puede omitir en ninguno de los dos sexos, según da a entender el protagonista.
La escenografía es simple, sobre el escenario apenas nos encontramos un sofá y una televisión, eso sí, muy particulares. Y es que se pretende concentrar toda la atención en el protagonista, un cavernícola un tanto especial. En este caso no se necesita nada más para contar una historia tan sencilla y a la vez tan complicada. Sin embargo, el decorado se muestra de lo más original, se ha adaptado, salvando las distancias, a los tiempos en los que los seres humanos vivían en cavernas y cada sexo tenía una función. Así, los hombres eran los cazadores y concentraban su mente en un único objetivo, la presa. Por su parte, las mujeres eran recolectoras, tenían que adaptarse más al medio y estar más pendientes de todos los detalles. Realmente, tal y como se expresa en la obra, estas tareas han predominado con el paso de los años, eso sí, adecuándose a las circunstancias vitales de ambos sexos en la actualidad. De esta manera, se representan hábitos antiguos en tiempos modernos, valiéndose de situaciones muy habituales y cercanas para todos los espectadores.
Como en la mayoría de las obras, la iluminación juega un papel fundamental. Los técnicos de sonido e iluminación siempre están presentes en todos los espectáculos teatrales y a pesar de que su trabajo no está lo suficientemente reconocido y nos solemos olvidar de ellos, su labor es esencial para el correcto funcionamiento de la obra. Esto lo recordó Nancho Novo reconociendo con sus gestos finales este cometido tan importante. El actor es la persona que se presenta al público, que tiene que lidiar con los espectadores, pero detrás del escenario y por los laterales del teatro, si nos fijamos bien, siempre encontraremos a un gran número de personas que velan por el éxito de cada función. Es lo que tienen los monólogos, pese a lo que muchos puedan creer, como  todas las funciones, son un trabajo en equipo.
El regreso de “El Cavernícola” al Teatro Fígaro coincide con la prórroga de las  representaciones de “La Cavernícola” en otro espacio de artes escénicas de la capital española, el Teatro Compac Gran Vía. La versión femenina de la obra corre a cargo de la cómica Yolanda Ramos que lleva a los extremos su visión respecto al género opuesto. Es un buen momento para que los espectadores saquen entradas para los dos monólogos, porque se complementan y en conjunto nos ofrecen una visión más real, y sobre todo crítica, de lo que es esta relación de amor-odio entre hombres y mujeres. Ambos diálogos tienen una estructura parecida que se puede apreciar desde el inicio de la función que es igual de rompedora y que continúa siendo transgresora durante la exploración de los dos sexos.
La crítica mientras sea constructiva y respetuosa es necesaria. Un ingrediente básico que consigue este espectáculo para no incomodar a nadie y que sea una experiencia muy divertida para todos. Reírse de uno mismo es fundamental y esta obra lo hace bien, utilizando los tópicos con clase, sin forzar la risa, sino dejando que fluya directamente hacia las emociones de los espectadores. Las carcajadas más sinceras no dejaron de sonar en la sala, un signo de aprobación de aquello que los allí presentes estaban disfrutando, porque seguramente en su interior estaban pensando: “Eso es cierto”. Y es que la verdad contada de forma suspicaz es el mejor antídoto para un aburrimiento que no tiene cabida en esta representación.

A pesar de que Nancho Novo lleve muchas temporadas interpretando a este cavernícola, cada función intenta mejorar y superarse a sí mismo. Para que los espectadores se crean y disfruten con un papel, lo importante es que el actor lo disfrute primero y, en este caso, el intérprete intenta hacer suyo el guión riéndose de éste. A simple vista parece un personaje fácil de crear, pero nada más lejos de la realidad, resulta muy dificultoso intentar contraponer al sexo femenino y masculino sin ofender a nadie, así como poner en una balanza el mundo que nos está tocando vivir frente al que han vivido nuestros antecesores. Además, hacer reír cada vez es más complicado. Como hemos comentado, el público está cansado de los chistes fáciles, de volver a repetir la misma fórmula de hace años. En este aspecto Nancho no tiene ningún problema, no ha perdido la gracia a pesar de todas las funciones que lleva sobre sus espaldas y utiliza un humor muy perspicaz. Se encarga no sólo de sacar una sonrisa a los espectadores sino de que no se les olvide lo importante que es reírnos de nosotros mismos. 

A través de este método tan alegre consigue adentrarse en la psicología de los allí presentes, provocándoles sensaciones diversas. Al principio de la función a la que acudimos se mostró muy concentrado, tanto es así, que parecía que estaba transmitiendo el texto a los demás como si de un examen oral de un estudiante se tratara. Poco a poco, se fue introduciendo en su personaje y, con ello, nos involucró más a nosotros mismos. En todo momento hizo gala de su simpatía, más allá de su papel, e intentó por todos los medios hacer el monólogo ameno a través de su expresión corporal, sobre todo gracias a su gestualidad que provocó carcajadas en los asistentes.
La obra nos demuestra lo difícil que resulta la convivencia en pareja, aunque nos da a entender lo interesante que puede ser encontrar el equilibrio, el término medio en el que ambos sexos se encuentren a gusto, respetando las diferencias que los separan. Y es que, aunque a veces cueste reconocerlo, son esas pequeñas cosas que sacan de quicio las que nos pueden enamorar de alguien. Al fin y al cabo, nos parecemos más de lo que puede parecer y la complementación es absolutamente posible, porque ninguno de los dos géneros sería nada sin el otro, en cualquiera de sus facetas. El carácter femenino aporta muchos matices que equilibran la personalidad masculina, y lo mismo ocurre al revés. No es sencillo llevar a cabo un día a día con otra persona, sea del sexo que sea, por eso no es conveniente demonizar ni a unos ni a otros. Si tiramos de alguno de los tópicos que se pueden apreciar en la representación, las mujeres a veces nos sobrepasamos a la hora de exigir detalles y los hombres manteniendo un espacio propio demasiado tiempo. 

Lo importante es no llevar a los extremos este tipo de situaciones y, tal como refleja la moraleja final de la función, llegar a un acuerdo para conseguir que la relación funcione. Muchas veces el problema se encuentra en la falta de tolerancia que no sólo se puede encontrar en este ámbito sino en algunos más de nuestra vida cotidiana, se podría decir que en demasiados. Si la sociedad en general fuera más tolerante y menos pasiva, muchos de los problemas que nos rodean se podrían solucionar de forma civilizada. Lo mismo se muestra en “El cavernícola” con las relaciones de pareja.
Otro de los temas que trata con bastante acierto, gracias a su tono distendido, es el del sexo. Lleva al extremo esta situación indagando en las formas de actuar de unos y otros. Así, ironiza acerca de las zonas erógenas de los hombres, recalcando que a veces las mujeres no se centran en localizarlas como ellos querrían. De la misma forma, también lo hace sobre la simpleza del género masculino en este ámbito. Por supuesto, todo son generalidades, pero en el imaginario colectivo estos prejuicios están muy extendidos. Esto se produce sobre todo gracias a los medios de comunicación de masas que crean estos estereotipos que han saltado a la realidad para arraigarse en nuestra forma de pensar, aunque en el fondo sepamos que no son ciertos. Es complicado huir de estas mediáticas imágenes, ya que convivimos con ellas cada día en esa vida comunicativa paralela. La pequeña pantalla es un buen ejemplo de ello, son innumerables las series y programas en los que este aspecto también ha sido tratado, como las famosas “Escenas de matrimonio” que a modo de sketch parodiaban las relaciones de pareja en un lugar poco habitual para un espacio televisivo, una cama.
No es fácil hacer reír y mucho menos animar a los espectadores a que acudan a los teatros. Por ello, una vez más, queremos pediros que probéis este tipo de experiencias, en este caso un monólogo en el que os podemos asegurar que no os va a resultar difícil esbozar una sonrisa y, si tenéis pareja, un gesto de complicidad con vuestro cónyuge. Si queréis demostrar que esos pequeños detalles desquiciantes pueden ser divertidos, ésta obra es la adecuada. Así, seguramente, cuando estas situaciones ocurran en la vida real se convertirán en nimiedades cómicas que podréis disfrutar de forma conjunta. Según se dice, amar es compartir y no hay nada mejor que hacerlo con la risa, porque una pareja que ríe está más sana.
Ocho millones de espectadores ya han visto esta comedia en todo el mundo. En Madrid ya va por su sexta temporada, el éxito habla por sí solo. “El cavernícola” se representa de jueves a domingo en el madrileño Teatro Adolfo Marsillach. Si sois de las pocas personas que aún no la ha visto, tenéis dos opciones. Si sois mujeres, recolectar las entradas, y si sois hombres cazarlas. No dudéis en seguir vuestro instinto más primitivo, de vez en cuando es conveniente sacar a relucir nuestro lado salvaje.

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